Hay un momento, en la gestión artística, después de enviar suficientes mails, mensajes y propuestas, en el que algo se torna evidente: no es que una propuesta no interese. Es que muchas veces no llega a existir como instancia de intercambio.
A este fenómeno lo llamo “circuito muerto”.
El circuito muerto no llega a ser un rechazo ni una evaluación negativa. Es algo más difuso y, a la vez, más estructural: una cadena de derivaciones, silencios y respuestas parciales que nunca terminan de constituir un diálogo real.
Empieza de forma bastante estándar. Te doy un ejemplo: una escribe a una institución cultural o educativa. Puede ser una escuela de arte, un museo o un espacio de formación. La respuesta —cuando llega— suele ser cordial pero evasiva:
“Por favor, enviar la propuesta al mail X”.
Ahí se produce el primer desplazamiento. La conversación sale del espacio donde había aunque sea un mínimo de contacto humano (una red social, un mensaje de WhatsApp) y pasa a un canal abstracto, sin rostro ni responsabilidad clara.
Se envía el mail.Y luego, la nada misma.
Pueden pasar días, semanas o meses, pero nadie acusa recibo. Nadie responde. Nadie rechaza. La propuesta queda en un limbo donde tampoco puede ser reelaborada, porque no hay devolución.
Si una insiste, el circuito se reactiva momentáneamente para volver a cerrarse, con la misma cortés ineficiencia de un bot del banco:
“Reenviar al mail correspondiente”
Durante muchos años trabajé vendiendo en la calle, puerta a puerta, con tenaz persistencia.
Y hay algo de ese aprendizaje que vuelve acá, pero deformado. En la venta directa, una sabe que de cada cien puertas, quizás una se abre. Hay rechazo, sí, pero también hay interacción: hay cuerpos, hay miradas, hay un “no, gracias” que al menos existe.
El circuito muerto es como vender a puerta fría, pero sin persona del otro lado. Sin rechazo explícito, sin intercambio, sin posibilidad de ajustar el discurso en función de una respuesta real. Solo queda la repetición en el vacío y una estadística incierta: tal vez una respuesta cada cien intentos, o menos.
Eso transforma la lógica del trabajo en el campo artístico y de gestión, que se vuelve, necesariamente, una carrera de fondo.
En muchas instituciones culturales, los canales de comunicación están fragmentados: las redes sociales difunden pero no deciden, los mails reciben pero no procesan, y las decisiones pasan por personas que no son accesibles desde ninguno de esos canales.
El resultado es una forma de opacidad que afecta directamente a quienes intentan proponer nuevas prácticas o enfoques.
Pero hay algo más. El circuito muerto también funciona como un filtro silencioso frente a propuestas que incomodan, que no encajan del todo o que implican algún tipo de cambio en las dinámicas existentes. No hace falta rechazar: alcanza con no responder.

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