
Si el arte es solo entretenimiento: por qué las dictaduras lo censuran? ¿Por qué los Estados lo utilizan para proyectar su imagen? ¿Y por qué la ciencia comienza a demostrar sus beneficios para la salud y el bienestar? Tal vez los artistas ejercen una forma de poder mucho más profunda de lo que se suele reconocer
Las sociedades suelen valorar el poder económico y militar porque sus efectos son inmediatos y visibles. El poder cultural, en cambio, es lento, difícil de medir y, precisamente por eso, suele pasar inadvertido. Sin embargo, sus efectos pueden atravesar generaciones.
A finales del siglo XX, el politólogo Joseph Nye denominó soft power o poder blando a la capacidad de influir mediante la atracción, la cultura y los valores, en lugar de la fuerza o la coerción.Esta definición se aplicó principalmente a los estados.pero mucho antes de que existiera el concepto de soft power, las sociedades parecían reconocer la influencia del arte. De otro modo sería difícil explicar por qué, una y otra vez, los artistas, escritores, músicos e intelectuales se encontraron entre los primeros objetivos de la censura.
Resulta llamativo que gobiernos de ideologías muy diferentes hayan coincidido en ese punto.
Los artistas invitan a pensar, pero sobre todo invitan a sentir. El arte puede influenciar simpatías, generar experiencia estética y conmover. No ofrece, por lo general, respuestas definitivas, pero utiliza símbolos y explora experiencias profundas de la existencia humana.También ayuda a plantear mejores preguntas y ensancha nuestra capacidad de imaginar otras posibilidades.
En las últimos años comenzó a estudiarse otro aspecto de esta influencia. Diversas investigaciones han encontrado asociaciones entre la participación en actividades culturales y una mejor calidad de vida. Visitar museos, asistir a conciertos, leer o practicar actividades artísticas se relaciona con menores niveles de estrés, mayor bienestar subjetivo y beneficios para la salud mental. Lo que durante siglos fue valorado de manera intuitiva empieza, poco a poco, a encontrar respaldo en la evidencia científica.
Entonces, habría que plantearnos si el arte realmente constituye un lujo o una actividad necesaria. Quizás las manifestaciones artísticas responden a necesidades humanas mucho más profundas, no porque el arte transforme la realidad de manera inmediata, sino porque amplía el repertorio de aquello que una sociedad puede imaginar, sentir y, eventualmente, llegar a ser.
La sociedad no ha prescindido completamente de sus artistas. Aun cuando en ocasiones los margina, los instrumentaliza o intenta silenciarlos, termina reconociendo -a veces sin decirlo- que existe en ellos una forma de poder.
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